Casi 3.000 sedes educativas resultaron afectadas por el terremoto del 10 de agosto. La recuperación escolar enfrenta ahora un desafío que va más allá de reconstruir colegios: proteger el bienestar emocional de miles de estudiantes.

El sismo de magnitud 7,4 registrado el pasado 10 de agosto dejó afectaciones en casi 3.000 sedes educativas del país e interrumpió las clases de miles de estudiantes, especialmente en departamentos como Chocó, Tolima, Caldas y Risaralda.
Pero para los niños, particularmente los más pequeños, la emergencia educativa no se limita al daño físico de las instituciones. El cierre de los colegios, el desplazamiento de las familias y el traslado a albergues o espacios provisionales también pueden alterar sus rutinas, sus vínculos y los entornos cotidianos en los que aprenden y se desarrollan.
Recuperar la escuela también es recuperar la seguridad
En medio de la emergencia, mantener la educación representa un reto que combina infraestructura, continuidad académica y atención emocional.
Julio César Rodríguez, docente de la Licenciatura en Educación Infantil Virtual de la Fundación Universitaria del Área Andina, explica que la interrupción de las actividades escolares puede tener efectos que van más allá del rendimiento académico.
“Para los niños pequeños, la rutina tiene una función importante de regulación emocional. La repetición de horarios, actividades y personas les permite anticipar lo que ocurrirá y construir una sensación de normalidad”, señala.
Cuando esa estructura desaparece de manera repentina, aumenta la incertidumbre. La situación puede ser todavía más compleja cuando el menor ha tenido que abandonar su vivienda, separarse temporalmente de familiares, cambiar de entorno o permanecer en un albergue.
Por ello, la recuperación educativa después de un desastre no consiste únicamente en volver a abrir las puertas de los colegios. También implica reconstruir espacios de confianza y recuperar las rutinas que ayudan a los niños a sentirse seguros.
Educación en medio de la emergencia

La Directiva 009 de 2026 del Ministerio de Educación Nacional establece orientaciones para garantizar la continuidad del servicio educativo durante la emergencia.
De acuerdo con las condiciones de cada territorio, las autoridades pueden implementar diferentes alternativas para mantener las actividades académicas mientras se recupera la infraestructura afectada.
En las zonas rurales y dispersas, sin embargo, el desafío es mayor. Las dificultades de conectividad, las fallas en el suministro de energía y las distancias entre comunidades limitan la posibilidad de depender exclusivamente de herramientas tecnológicas.
Por esta razón, las autoridades territoriales y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres deberán trabajar en la habilitación de aulas temporales, carpas de emergencia y otros espacios que puedan utilizarse provisionalmente, como salones comunales, bibliotecas, iglesias y sedes educativas que no hayan sufrido daños.
El objetivo es que los estudiantes puedan continuar con sus procesos de aprendizaje mientras avanzan las labores de recuperación y reconstrucción.

El PAE, otro componente de la respuesta
La emergencia también afecta la alimentación de los estudiantes. Por eso, el Programa de Alimentación Escolar (PAE) tendrá que adaptar su operación a las condiciones generadas por el desastre, con entregas en albergues y zonas de reasentamiento.
La alimentación escolar adquiere especial importancia en comunidades donde las familias han perdido temporalmente sus viviendas o enfrentan dificultades para acceder de manera regular a alimentos y servicios básicos.
Garantizar que los niños continúen recibiendo sus raciones hace parte de una respuesta integral que no puede limitarse exclusivamente a la infraestructura educativa.

$48 millones de dólares para la reconstrucción
Mientras se atienden las necesidades inmediatas, comienza una etapa de mayor alcance: la reconstrucción de las instituciones educativas afectadas.
El Ministerio de Educación Nacional acordó con la CAF, Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, redireccionar 48 millones de dólares para apoyar las labores de reconstrucción, bajo criterios de sismorresistencia.
La inversión busca que las nuevas o recuperadas instalaciones ofrezcan mejores condiciones de seguridad frente a futuros eventos sísmicos.
Sin embargo, la reconstrucción física representa solamente una parte del desafío.
Volver a clases no es suficiente

Rodríguez advierte que regresar a las aulas puede ser un paso fundamental, pero no necesariamente resuelve todas las consecuencias de una emergencia.
Para un niño que perdió su casa, cambió de entorno o experimentó una situación de miedo, regresar a la escuela también significa recuperar una parte de su mundo cotidiano.
Por eso, la respuesta educativa deberá avanzar de acuerdo con las condiciones particulares de cada comunidad. Mientras algunos estudiantes podrán regresar rápidamente a sus instituciones, otros tendrán que permanecer durante más tiempo en espacios temporales o bajo modalidades adaptadas a las circunstancias del territorio.
El desafío inmediato, entonces, no es solamente reconstruir colegios. También consiste en garantizar que, mientras las obras avanzan, los niños puedan continuar aprendiendo, mantener sus rutinas, conservar sus vínculos y recuperar progresivamente la sensación de seguridad perdida tras el sismo.
La recuperación educativa será, en ese sentido, tanto una tarea de infraestructura como un proceso de reconstrucción de la vida cotidiana de miles de niños y sus familias.



