Desastres climáticos: improvisar le sale más caro a Colombia que prevenir

La prevención del riesgo no solo salva vidas: también protege las finanzas públicas, el valor de las viviendas y los ahorros de las familias.

El reciente temblor volvió a recordar la vulnerabilidad de Colombia frente a las emergencias. Pero más allá del susto, cada desastre deja una factura que termina pagando el Estado, las comunidades y los ciudadanos. La pregunta es inevitable: ¿cuánto le cuesta al país seguir improvisando en lugar de prevenir?

En Colombia, los eventos asociados con lluvias, inundaciones y deslizamientos no solo dejan viviendas afectadas, vías destruidas y familias desplazadas. También generan un enorme impacto fiscal. La Ley 1523 de 2012, que creó el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, establece que la gestión del riesgo no consiste únicamente en atender emergencias, sino también en conocer y reducir los riesgos e incorporarlos a la planificación del desarrollo.

Catalina Quintero Ferrer

Catalina Quintero Ferrer, docente de la Especialización Virtual en Gestión Ambiental de Areandina, lo resume así: “El riesgo es la posibilidad de que algo ocurra, mientras que el desastre es lo que ya ocurrió”.

La diferencia parece sencilla, pero tiene profundas consecuencias económicas. Prevenir cuesta dinero, pero reconstruir después de una tragedia puede costar mucho más. Y la factura no se limita a la infraestructura: también incluye vidas humanas, pérdida de empleos, interrupción de actividades productivas, daños ambientales y desplazamiento de comunidades.

Cuando la emergencia se come el presupuesto

Cada desastre obliga a movilizar recursos para atender a las personas afectadas, reparar vías, restablecer servicios públicos, reconstruir viviendas y recuperar infraestructura.

Eso significa que recursos que podrían destinarse a educación, salud, programas sociales, infraestructura o protección ambiental terminan siendo utilizados para reparar daños que, en algunos casos, pudieron reducirse mediante una adecuada planificación.

La ejecución presupuestal de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) durante 2025, superior al billón de pesos y destinada a diferentes acciones de prevención, atención y respuesta, permite dimensionar la magnitud económica que representa la gestión del riesgo para el Estado.

Pero el costo también llega directamente a los hogares.

Una vivienda ubicada en una zona expuesta a inundaciones, deslizamientos o problemas asociados al ordenamiento territorial puede perder valor después de una emergencia y enfrentar mayores dificultades para obtener financiación o cobertura aseguradora.

Por eso, antes de comprar vivienda o invertir los ahorros en un terreno, conocer el territorio puede ser tan importante como revisar el precio, la ubicación o las condiciones del inmueble.

Una vivienda también puede esconder un riesgo

“Conocer los instrumentos de ordenamiento territorial al momento de pensar en una vivienda resulta fundamental”, advierte Quintero.

El comprador debería preguntarse, entre otras cosas, si el predio está localizado en una zona de amenaza por inundación o movimiento en masa, si existen antecedentes de emergencias en el sector, qué establece el ordenamiento territorial y cuál es la situación ambiental del área.

No hacerlo puede convertir una inversión familiar en un problema económico de largo plazo.

La información sobre amenazas y riesgos existe, pero uno de los grandes desafíos consiste en convertirla realmente en decisiones responsables sobre el territorio.

Cuando esa información se ignora o se subordina a intereses políticos, económicos o particulares, el riesgo simplemente se traslada hacia el futuro. Y cuando finalmente ocurre el desastre, la cuenta termina llegando a las comunidades y al Estado.

Proteger los ecosistemas también es ahorrar dinero

La prevención tampoco se limita a construir obras de infraestructura.

La protección de humedales, rondas hídricas, manglares, arrecifes, bosques y otros ecosistemas estratégicos puede funcionar como una barrera natural frente a diferentes amenazas.

Invertir en restauración ambiental, drenajes adecuados, recuperación de humedales, protección de rondas y soluciones basadas en la naturaleza puede resultar mucho más económico que reconstruir viviendas, puentes, carreteras, acueductos y otras infraestructuras después de una emergencia.

“Si se cuidan los manglares y los arrecifes de coral en ecosistemas insulares, la pérdida sería mucho menor”, explica la docente de Areandina.

La conclusión trasciende lo ambiental: proteger los ecosistemas estratégicos también es una decisión económica y de gestión del riesgo.

La prevención comienza antes de comprar un terreno

Para el ciudadano, la gestión del riesgo no debería empezar cuando ocurre una emergencia. También puede comenzar antes de comprar una vivienda, construir una casa o invertir en un lote.

Entre las recomendaciones están:

  • Revisar la historia ambiental y de emergencias del lugar.
  • Verificar si el predio está en una zona de inundación, ladera inestable o cerca de un humedal.
  • Consultar los instrumentos de ordenamiento territorial.
  • Revisar los mapas oficiales de amenaza y riesgo disponibles para el municipio.
  • Preguntar por antecedentes de inundaciones, deslizamientos u otras emergencias.
  • Exigir información clara a las autoridades locales antes de tomar decisiones de inversión.
  • Participar en las discusiones sobre los planes de desarrollo y el ordenamiento del territorio.

También es fundamental que alcaldías y gobernaciones hagan pública y comprensible la información relacionada con amenazas, riesgos y restricciones de uso del suelo.

La factura de la improvisación siempre llega

Colombia conoce de sobra las consecuencias de reaccionar cuando el desastre ya ocurrió. Cada emergencia deja viviendas destruidas, familias afectadas, vías interrumpidas, negocios paralizados y presupuestos públicos que deben ser redireccionados para atender la crisis.

El desafío consiste en cambiar esa lógica.

La prevención no debería verse como un gasto innecesario ni como una prioridad secundaria frente a otras necesidades. Es, en realidad, una forma de proteger vidas, patrimonio, infraestructura y recursos públicos.

Como señala Quintero, la participación ciudadana en las decisiones sobre los planes de desarrollo y el manejo de los ecosistemas debe comenzar desde el individuo para poder exigir respuestas adecuadas a las autoridades.

En un país expuesto a terremotos, lluvias extremas, inundaciones y movimientos en masa, improvisar no sale barato. La verdadera economía consiste en anticiparse al desastre antes de que la reconstrucción se convierta en una factura imposible de ignorar.