El asesinato de Manuel Cepeda Vargas: una herida que no cierra en Colombia

El 9 de agosto de 1994, pistoleros al servicio del Estado asesinaron en Bogotá al senador Manuel Cepeda Vargas, dirigente de la Unión Patriótica. Detrás del crimen había una red de inteligencia militar, una conspiración impune por años y una historia familiar marcada por el exilio, el idealismo y la tragedia. Su hijo, Iván Cepeda, convirtió el dolor en lucha por la justicia.

Manuel Cepeda Vargas y su esposa Yira Castro.

El martes 9 de agosto de 1994, el senador de la Unión Patriótica, Manuel Cepeda Vargas, fue asesinado en Bogotá por dos sargentos del Ejército colombiano, en un crimen político planeado desde las entrañas del Estado. El Renault blanco de los sicarios alcanzó al campero Mitsubishi en el que viajaba el dirigente comunista. Un disparo certero en la cabeza acabó con su vida. La ciudad amanecía radiante, pero la jornada quedó marcada por la sangre de un opositor silenciado.

La historia del crimen de Cepeda no es solo una crónica de violencia: es también el testimonio de una familia atravesada por la militancia, el exilio y la búsqueda de justicia. El apartamento del barrio Banderas, en el suroccidente de Bogotá, era el hogar donde vivía con su esposa Yira Castro y sus hijos, Iván y María. Allí se fraguaba una vida austera pero intensa, guiada por los principios del comunismo, la solidaridad internacional y la resistencia.

Manuel Cepeda había sido comisionado político, periodista y congresista. Su pareja, Yira, una influyente dirigente del Partido Comunista Colombiano, murió en 1981. La infancia de sus hijos transcurrió entre Praga, La Habana y Sofía, marcada por las misiones internacionalistas y el ideario de izquierda. Iván, el hijo mayor, estudió Filosofía en Bulgaria y regresó a Colombia decidido a enseñar y pensar desde la razón crítica. Todo cambió aquel 9 de agosto.

Iván Cepeda

Iván rechazó la oferta de su padre de llevarlo en auto hasta la universidad. Minutos después, en el bus que tomaba hacia el centro, se encontró con la escena del crimen: el vehículo detenido, los escoltas abatidos y su padre fulminado. Ese momento selló su destino.

Luis Alfonso Morales Aguirre, el escolta que iba con Cepeda, respondió al ataque con su revólver calibre 38, hiriendo a uno de los atacantes. En la huida, los sicarios olvidaron una pistola Walther P-38, clave en la investigación. El asesinato del senador Manuel Cepeda Vargas, parecía un caso sin solución definitiva. El examen balístico inicial descartó la pistola Walther P-38 hallada en el Renault blanco abandonado por los asesinos, pues si bien disparó contra el vehículo Montero Mitsubishi en el que se transportaba Cepeda, no fue el arma homicida. La investigación parecía estancada, no se conocía el paradero del arma real ni quién era su propietario. El caso fue archivado.

Todo cambió a mediados de 1996, cuando una tragedia sacudió a una familia. Yelitza Zúñiga, hija del sargento del Ejército Justo Gil Zúñiga Labrador, manipulaba una pistola que su padre había dejado al alcance en casa. El disparo accidental acabó con la vida de la niña. Por tratarse de una muerte violenta, la Fiscalía incautó el arma y ordenó una prueba balística.

El resultado fue estremecedor: la pistola era la misma que había sido utilizada para asesinar a Cepeda. La evidencia cerró el círculo de uno de los crímenes políticos más impactantes de los años noventa en Colombia.

El hallazgo de esta arma reabrió interrogantes clave: ¿por qué estaba en manos de un militar? ¿Qué vínculos existían entre el crimen y miembros de la Fuerza Pública?

El juicio llegó en 1999: el juez Tercero Penal del Circuito de Bogotá condenó a 43 años de cárcel a los sargentos Justo Gil Zúñiga Labrador y Hernando Medina Camacho. Pero los autores intelectuales del crimen nunca pagaron. La operación fue parte de un plan sistemático para exterminar a la oposición política de izquierda.

Iván Cepeda cambió la filosofía por la defensa de los derechos humanos. Se convirtió en congresista, activista incansable y denunciante de la alianza entre Estado y paramilitarismo. Ha enfrentado al expresidente Álvaro Uribe y ha seguido pidiendo justicia para las víctimas del conflicto armado.

“El caso Uribe no es personal, mi único deseo es que en Colombia no se asesine a nadie por sus ideas”, le manifestó Iván a Yezid Arteta, durante una charla en Ginebra.

La historia de los Cepeda es la historia de Colombia: un país donde la violencia política ha exterminado partidos enteros, pero donde también la memoria y la resistencia persisten. Iván Cepeda es hoy una de las voces más importantes en la defensa de los derechos humanos. Su vida, como la de su padre, es testimonio de una dignidad a prueba de balas.