
Bannister.
Por Andrew Barbosa Salamanca, exclusivo para BOGOTA ILUSTRADA.
Por más que escarbemos en salas de interrogatorio, callejones lluviosos o tribunales revestidos de mármol o madera noble, la justicia sigue pareciendo más un dispositivo narrativo que una promesa cumplida. Bong Joon-ho lo entiende bien. En su cine, la justicia no es un principio abstracto, sino un cadáver que se investiga, una puerta que jamás se abre, una madre que encubre o un pobre que excava su escape bajo la casa del rico. No hay justicia divina ni terrenal. Apenas hay cine. Y eso, esa renuncia al consuelo, es lo más honesto que se ha filmado en mucho tiempo.
Desde ‘Memories of Murder’ (2003), Bong planteó su tesis sobre la justicia no como castigo, ni siquiera como redención, sino como una pregunta sin respuesta. Dos detectives, uno rural, torpe y supersticioso; el otro urbano, cínico y metódico, persiguen durante años a un asesino serial sin rostro. La escena final es brutal en su silencio: uno de ellos mira directo a la cámara, como si intuyera que el enigma no está en el expediente, sino en quien observa. El cine de Bong no busca cerrar el caso; más bien, lo expande. La justicia, en su mundo, no repara, apenas interroga.

En ‘Memories of Murder’ (2003), Bong Joon-Ho convierte al espectador en parte del enigma.
Pero la crítica no se detiene en el fracaso policial. En ‘Mother’ (2009), una mujer marginal, sin recursos, intenta salvar a su hijo con discapacidad mental, acusado de asesinato. La figura materna, idealizada tantas veces en el melodrama asiático, aquí se vuelve ambigua, encubridora, capaz de todo por proteger lo único que tiene. Su desesperación no es heroica, es feroz. Y esa ferocidad deja al espectador en un terreno incómodo, porque no hay un lado limpio en la historia. Lo justo ya no puede distinguirse de lo trágico.

Y entonces llega ‘Parasite’ (2019), donde ya no hay crímenes hasta que hay castigo. La familia pobre que se infiltra en la casa de los ricos no comete un delito tipificado, pero transgrede el orden simbólico de la clase. Usurpa, suplanta, imita. El verdadero pecado, a los ojos del sistema, no es robar: es desdibujar la frontera entre el arriba y el abajo. Por eso el castigo será brutal. La casa, esa arquitectura perfecta, revela su sótano. Y lo que emerge no es justicia, sino violencia acumulada.
‘Parasite’ no solo representa una lucha de clases, pues la encarna en su estructura narrativa, en su montaje vertical, en los niveles físicos que separan a quienes habitan la superficie de quienes sobreviven en la penumbra. Cada movimiento en la casa, como subir, bajar, esconderse, irrumpir, está cargado de significados sociales. El sótano no es solo un espacio oculto, es una metáfora del lugar que el sistema reserva para los descartables. La familia rica, a pesar de su amabilidad superficial, no tolera el olor, el acento ni la presencia del otro en su espacio íntimo. La desigualdad no necesita palabras, se filtra por las escaleras. Y cuando el orden simbólico se rompe, el sistema no busca restaurar la justicia, sino reafirmar su control mediante la violencia. Porque en ‘Parasite’ como en la realidad, la paz social es una ilusión que descansa sobre el encierro de los invisibles.

El cine de Bong no recurre al aparato judicial ni a la estructura clásica del relato reparador. No hay abogados salvadores, sentencias reveladoras ni epifanías morales. Su justicia es una estética del derrumbe, como documentos sin valor, mentiras necesarias, cadáveres sin nombre. Pero en ese derrumbe, asoma algo más poderoso que la ley, como es la compasión. No como redención, sino como límite. Nadie sale impune. Tampoco hay villanos puros. Apenas sobrevivientes, todos conscientes, demasiado tarde, de que el sistema no se rompió, pues ya estaba hecho para fallar.

En tiempos en que el cine judicial se aferra a fórmulas de catarsis, como el alegato final que conmueve al jurado, la sentencia que lo corrige todo, el héroe legal que restablece el orden, Bong Joon-ho propone algo mucho más incómodo: una forma de mirar lo que el derecho no alcanza a nombrar. Mientras otros cierran el caso, él lo deja abierto. Mientras la justicia occidental se encierra en expedientes, él la descompone en cuerpos, silencios y desigualdades.

Como en ‘Crimen y castigo’, lo insoportable no es tanto el acto violento, sino la conciencia que queda después. Raskólnikov no es vencido por el Estado, sino por el peso interno de su culpa. Así también en ‘Mother’, ‘Memories of Murder’ o ‘Parasite’: no hay redención jurídica, solo decisiones trágicas que revelan hasta qué punto el sistema ha colonizado la vida íntima. La culpa no se absuelve con veredictos, ni el castigo garantiza verdad. La ley, en estos relatos, llega tarde o no llega. Y cuando lo hace, rara vez sirve.

Por eso Bong no filma juicios, sino escenas de injusticia cotidiana, recurre a cuerpos invisibles que sostienen casas ajenas, madres que deben mentir para sobrevivir, policías que simulan saber. Sus películas no administran justicia, la desnudan. Y esa exposición, lejos de ser pasiva, funciona como una acusación. No a un culpable individual, sino a un sistema que decide quién merece compasión y quién solo castigo.
En el fondo, Bong y Dostoievski coinciden en lo esencial, que el castigo más profundo no proviene del Estado, sino del choque entre la moral heredada y la realidad que la desmiente. Por eso sus personajes no encuentran consuelo, ni siquiera en el dolor. Y por eso, también, sus obras siguen golpeando con fuerza, porque nos obligan a mirar, sin atajos, lo que ya sabíamos pero preferíamos no decir.