Por Henry Barbosa
El mundo no puede depender de los caprichos de un presidente que confunde la Casa Blanca con su propio reino.
Donald Trump ha convertido la presidencia de Estados Unidos en una tragicomedia de proporciones planetarias. Amenaza a Canadá, pretende cambiar nombres geográficos, transforma la remodelación de la Casa Blanca en un episodio de arquitectura delirante, amenaza con borrar a Irán del mapa y libra una guerra comercial contra China que después debe corregir sobre la marcha. Como si fuera poco, organiza su propio ranking presidencial y se concede a sí mismo el título de greatest. Washington, Lincoln y Roosevelt tendrán que conformarse con ser simplemente grandes. ¡La modestia también está en crisis!
A este paso, terminará proponiendo que el océano Atlántico se llame océano Trump y que la historia universal se divida en dos épocas: antes y después de su llegada al poder.
Lo que alguna vez pudo parecer extravagancia o espectáculo comienza a resultar peligrosamente inquietante. Los bailes, la gorra roja de MAGA y las payasadas presidenciales pueden divertir a sus seguidores, pero detrás de la función hay un hombre con poder militar, económico y diplomático capaz de comprometer la estabilidad mundial.
Lo paradójico es que, mientras el mundo observa este espectáculo, aprendices de dictadorcillos latinoamericanos intentan convertirse en copias mediocres del gran presidente comediante. Imitan sus desplantes, su desprecio por las críticas y su afición por concentrar el poder, convencidos de que gobernar consiste en gritar más fuerte, humillar al adversario y tratar las instituciones como estorbos personales. Pero la factura de semejante imitación no la pagan únicamente sus opositores: la sufren los países enteros, incluidos los mismos ciudadanos que los eligieron, muchas veces seducidos por promesas que terminan convertidas en frustración, confrontación y desengaño. La tragedia es que los originales y sus imitadores pueden divertirse con el espectáculo, mientras los ciudadanos pagan las entradas y también los destrozos.

El problema no consiste en diagnosticar a distancia la salud mental de un mandatario, sino en examinar sus actuaciones, sus amenazas y sus decisiones, y preguntarse si las instituciones están cumpliendo su función de contener los excesos del poder.
La democracia no fue diseñada para que un presidente juegue a ser emperador, propietario de la historia y juez de su propia grandeza. Sin embargo, el mundo contempla cómo el poder de la mayor potencia militar se mezcla con un espectáculo personalista que oscila entre la comedia y la amenaza.
La pregunta ya no es qué nombre cambiará mañana, qué pared mandará derribar o qué premio se concederá frente al espejo. La pregunta es cuánto daño puede causar antes de que alguien consiga detenerlo.
Porque el humor negro tiene un límite: cuando el protagonista dispone de armas nucleares, la carcajada puede convertirse en la última reacción de una humanidad que confundió el espectáculo con algo inofensivo.
Y si el planeta entero debe cruzar los dedos cada vez que el presidente estadounidense abre la boca, el problema ya no es el tamaño de su ego. Es el riesgo que todos estamos obligados a compartir.




