La artista santandereana, referente del arte político en América Latina, falleció a los 93 años tras una trayectoria de más de seis décadas marcada por la memoria, el conflicto y el poder.
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La artista colombiana Beatriz González falleció este 9 de enero de 2026 a los 93 años. Reconocida como una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo en Colombia, su obra exploró durante más de seis décadas las tensiones entre poder, violencia y cultura popular, dejando un legado clave en la construcción de memoria histórica en el país.
Nacida el 16 de noviembre de 1932 en Bucaramanga, González creció en una familia vinculada a la política liberal. Inició estudios de arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia, pero los abandonó para viajar por Europa. A su regreso, retomó su formación en artes en la Universidad de los Andes, donde se graduó en 1962.
Su ascenso en la escena artística fue rápido: en 1964 realizó su primera exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Ese mismo año se casó con el arquitecto Urbano Ripoll, una relación que, según la propia artista, le permitió crear con libertad, sin presiones comerciales.
A lo largo de su carrera, representó a Colombia en eventos internacionales como la Bienal de São Paulo (1971) y la Bienal de Venecia (1978). Entre 1989 y 2004 se desempeñó como curadora jefe del Museo Nacional de Colombia, rol que combinó con la docencia y una intensa producción artística.
Su obra fue objeto de importantes retrospectivas en instituciones como el Museo de Bellas Artes de Caracas, el Museo del Barrio de Nueva York, el Instituto KW de Berlín, el Museo Reina Sofía de Madrid y el Museo de Arte Pérez de Miami. También participó en exposiciones de alto perfil como la Bienal de Berlín (2014) y The World Goes Pop en la Tate Modern (2015).
Arte, memoria y denuncia

El trabajo de González se caracterizó por la apropiación de imágenes provenientes de medios de comunicación, estampas populares y objetos cotidianos, que reinterpretó con colores intensos y formas deliberadamente simples. Obras tempranas como Los suicidas del Sisga (1965) evidencian su interés por la tragedia mediática y la estética de la imagen reproducida.
En los años setenta, incorporó muebles y objetos encontrados como soportes pictóricos, cuestionando el gusto y la influencia cultural occidental en la clase media colombiana. Su obra adquirió un tono más abiertamente político tras la Toma del Palacio de Justicia, hecho que marcó un giro definitivo en su producción artística hacia la denuncia y la memoria.

Uno de sus trabajos más emblemáticos es Auras anónimas (2009), intervención en el columbario del Cementerio Central de Bogotá. Allí, González cubrió miles de nichos con imágenes serigrafiadas de figuras que arrastran cuerpos, en homenaje a las víctimas anónimas de la violencia en Colombia.
Su obra, atravesada por escenas de duelo, desaparición y dolor, mantuvo siempre una paleta cromática vibrante. “La noticia es temporal; el trabajo del artista es no permitir que la muerte y el dolor sean olvidados”, afirmó en una de sus reflexiones más citadas.
Con su muerte, Colombia pierde a una artista fundamental que transformó el lenguaje visual en una herramienta de memoria y crítica social, y cuyo legado seguirá interpelando a generaciones futuras.