Por Henry Barbosa
En temporada electoral el país no huele a democracia: huele a tinta fresca de valla gigante, a perifoneo desafinado y a promesa reciclada. Las calles se convierten en pasarelas donde desfilan sonrisas ensayadas, abrazos exprés y besos estratégicamente distribuidos, como si el voto se conquistara por acumulación de selfies y no por la solidez de las ideas.
Corren ríos de dinero que nadie ve salir, pero todos ven fluir. Las campañas, más que movimientos ciudadanos, parecen empresas con músculo financiero, logística de concierto y guion de reality show. Hay clanes que no necesitan presentación: cambian de eslogan, de color o de primo candidato, pero el apellido permanece como marca registrada.
Las vallas compiten por el premio al lugar común del año. “¡Recuperemos el futuro!”, “¡Volvamos a ser grandes!”, “¡Ahora sí!” —como si el país fuera un electrodoméstico que solo necesita reiniciarse. Entre tanto, los ataques vuelan con la ligereza de un meme: el adversario no es un contradictor, es el villano oficial de la temporada.
El gobierno de Gustavo Petro aparece como protagonista involuntario del libreto. Sus errores se amplifican con megáfono de estadio, mientras los pecados del pasado reciben tratamiento de archivo muerto. La memoria, en campaña, es selectiva: recuerda lo que conviene y amnesia lo incómodo.
Hay quienes evocan un ayer dorado, una edad de oro en la que —según cuentan— reinaban la abundancia, la equidad y la pulcritud administrativa. Uno se pregunta en qué país ocurrió tal milagro, porque en este territorio los escándalos de corrupción también tienen hemeroteca y capítulos múltiples.
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El espectáculo no estaría completo sin el perifoneo callejero. Candidatos que recorren parques con altavoz en mano, arengando a transeúntes que escuchan con la misma atención que se le presta a la oferta de mangos maduros a dos por mil. Algunos aplauden, otros sonríen por cortesía, la mayoría sigue de largo. La democracia, versión karaoke.
Entre tanto, la ciudadanía oscila entre la indignación digital y la resignación práctica. Se critica el circo, pero se asiste puntual a la función. Se condena la captura del Estado por intereses particulares, pero se normaliza como si fuera parte del paisaje, como el trancón o el aguacero de las cinco.
Quizá la verdadera emergencia no sea económica ni administrativa, sino ética. Porque cuando el poder se subasta sin pudor y el debate se reduce a consigna y coreografía, la democracia deja de ser deliberación y se convierte en espectáculo itinerante.
Y así, entre vallas descomunales, promesas inflables y clanes hereditarios, el país sigue votando. No siempre convencido, a veces divertido, con frecuencia escéptico. Como quien compra boleta para el circo sabiendo que el truco está ensayado, pero esperando —por si acaso— que esta vez sí sea magia.