Mujeres que rompen el arquetipo: moral de supervivencia y derecho en “Unforgiven”

En el western crepuscular de Clint Eastwood, las mujeres dejan de ser pretexto y se convierten en agentes de su propia justicia, cuestionando un derecho que las excluye.

Póster oficial de “Unforgiven” (1992), la película de Clint Eastwood que desmonta el mito del pistolero y pone en el centro a mujeres que toman la justicia en sus manos.

 

Por Andrew Barbosa Salamanca, exclusivo para BOGOTÁ ILUSTRADA.

En el western clásico, la violencia contra una mujer era el pretexto para que un hombre tomara las armas, se batiera en duelo y, de paso, reafirmara su heroísmo. La mujer era el motivo, no el sujeto. En Unforgiven” (1992), Clint Eastwood dinamita ese arquetipo. La agresión a Delilah Fitzgerald —una prostituta desfigurada por un cliente que, ofendido por las burlas a su miembro viril, le corta el rostro—, no despierta el honor masculino ni la protección del Estado, sino la indiferencia. El sheriff Little Bill, máxima autoridad del pueblo, decide que los agresores no merecen prisión ni muerte, sino un castigo simbólico y barato: entregar un par de caballos al dueño del burdel. En su lógica, el daño no se hizo a la mujer, sino a la propiedad.

La escena es un diagnóstico preciso, desde una mirada feminista, de lo que ocurre cuando el derecho se asienta sobre una moral excluyente. La víctima queda fuera del círculo de quienes merecen justicia, porque su condición de prostituta la ubica en los márgenes de la comunidad moralmente aceptable. Su dolor no pesa lo suficiente para poner en marcha la maquinaria legal. El derecho existe, pero no para todas.

Gene Hackman como el sheriff Little Bill Daggett en “Unforgiven”, símbolo de una autoridad que administra la ley según su conveniencia y deja a ciertas víctimas fuera de su protección.

En este contexto, la mujer es doblemente víctima: primero, del agresor que la hiere y, segundo, del sistema que la considera indigna de reparación. El western clásico solía ennoblecer la violencia masculina cuando se ejercía en defensa de “una dama”; aquí, la prostituta no califica para el privilegio del duelo. La moral oficial del pueblo no mide la gravedad del delito por el daño causado, sino por la reputación social de quien lo sufre.

Strawberry Alice (Frances Fisher), símbolo de resistencia en “Unforgiven”, encarna la decisión de las mujeres de Big Whiskey de tomar la justicia en sus propias manos.

Pero en Unforgiven” las mujeres, más que receptoras de violencia, actúan como agentes de su propia estrategia de justicia. Ante el vacío institucional, las trabajadoras del burdel rompen la pasividad que el género suele asignarles y se organizan para crear su propia regla: reunir dinero para contratar pistoleros que castiguen a los culpables. No es un acto impulsivo ni meramente emocional, sino una respuesta calculada ante la certeza de que la ley las ha abandonado. Es un gesto de agencia que desafía el rol ornamental asignado a las mujeres en el western tradicional.

Aquí es donde la reflexión de Arturo Pérez-Reverte ilumina la trama, pues en contextos de violencia, la gente inventa sus propias reglas para seguir viva. Para Pérez-Reverte, esas reglas no nacen de la moral abstracta ni de la ley escrita, sino de la urgencia del momento y de la experiencia acumulada de lo que funciona y lo que no. Son códigos frágiles, mutables, que se adaptan a cada circunstancia y que, por eso mismo, raras veces encajan en el relato oficial de la justicia. En la guerra, o en la frontera, estas reglas privadas son más efectivas para salvar la vida y asegurar la convivencia, que cualquier estatuto, pero también son las que más incomodan a la memoria colectiva, pues no generan héroes, sino sobrevivientes con historias que la sociedad preferiría olvidar.

Los habitantes del pueblo, sobre todo las mujeres, miran desde el pórtico con una mezcla de temor y dignidad, testigos silenciosos de la injusticia que recorre “Unforgiven”.

En “Unforgiven”, esa moral de supervivencia une a dos mundos distintos. Las mujeres del burdel, ignoradas por la ley tras la brutal agresión a una de ellas, juntan sus ahorros para contratar a dos pistoleros que hagan justicia por su cuenta. Uno de ellos es William Munny, un antiguo asesino a sueldo interpretado por Clint Eastwood, ahora viudo y empobrecido, que acepta el trabajo para alimentar a sus hijos. Tanto ellas como él actúan fuera del marco legal, no por desprecio a la justicia, sino porque entienden que las normas vigentes nunca han estado hechas para ellos.

El sheriff Little Bill, en cambio, encarna la moral oficial, pues administra la ley como un privilegio que concede o retira según su conveniencia. Castiga con dureza al forastero que desafía sus reglas, pero es indulgente con el cliente local que agrede a una mujer sin prestigio social. Ahí se revela el núcleo de la crítica, cuando la moral que inspira la ley es selectiva, el derecho deja de ser una garantía de protección y se convierte en un mecanismo de control.

Clint Eastwood como William Munny en “Unforgiven”, un pistolero retirado que rompe su promesa de no volver a matar, guiado por la necesidad y una moral de supervivencia al margen de la ley.

Treinta años después, Unforgiven” sigue siendo incómoda porque muestra que la justicia en la frontera, como en muchas sociedades actuales, dependía menos de la ley que de la posición de la víctima en la jerarquía moral. Y que, cuando la ley no sirve, las personas inventan sus propias reglas para sobrevivir, aunque eso las convierta, a los ojos del orden oficial, en transgresores.

Y ahí está el manifiesto que todavía resuena, pues la violencia de género no se resuelve con gestos simbólicos ni con castigos que preservan el orden a costa de la víctima. Exige igualdad real ante la ley y una transformación profunda de la moral que la sustenta. Mientras la moral oficial siga considerando que hay vidas más defendibles que otras, las mujeres, como las del burdel de Unforgiven”, seguirán inventando sus propias reglas para sobrevivir. Eastwood, desde un western crepuscular, nos recuerda que no basta con desmontar el mito, hay que preguntarse qué moral rige nuestras leyes y a quién deja, todavía hoy, fuera de su alcance.

Escena de “Unforgiven” en la que Delilah Fitzgerald (Anna Thomson), tras ser desfigurada, encarna la doble condición de víctima: de la violencia física y de un sistema legal que la considera indigna de reparación.

Sobre la moral de supervivencia

La moral de supervivencia no es patrimonio del viejo oeste. Aparece en comunidades que viven en territorios de conflicto armado, donde la autoridad formal está ausente o es corrupta. Aparece en mujeres que, ante la ineficacia o sesgo de la justicia, crean redes clandestinas de protección y denuncia. Aparece en pueblos que recurren a la justicia comunitaria porque el aparato estatal llega tarde o no llega.

En “Unforgiven” las trabajadoras del burdel cuidan a Delilah Fitzgerald tras la agresión, y deciden organizarse para financiar una justicia que el derecho les niega.

En todos esos casos, como en Unforgiven”, la ley oficial y la moral que la sustenta han perdido legitimidad. La gente no actúa contra la ley por instinto criminal, sino porque percibe que la ley, tal como está diseñada o aplicada, no los contempla. Y cuando un orden jurídico deja de ser refugio para convertirse en amenaza o indiferencia, es natural que surja otro, frágil, informal, a veces riesgoso, pero propio.

Ese es el eco contemporáneo del filme de Eastwood, el recordatorio de que la justicia no puede depender de que la víctima sea “respetable” a ojos del poder, y que toda moral excluyente, tarde o temprano, produce su propia ley paralela. Una ley que no busca gloria, sino algo que resulta más elemental: sobrevivir.

Unforgiven” más allá de ser un western magistralmente construido, se atreve a desmontar las jerarquías morales y jurídicas que sostienen la impunidad. Porque muestra mujeres que no esperan el rescate de un héroe, sino que actúan, deciden y organizan su propia justicia. Y porque, al retratar un mundo donde la ley oficial se pliega al poder, nos obliga a mirar de frente los vacíos del derecho en nuestros propios contextos. Eastwood no ofrece consuelo ni redenciones fáciles, y tal vez por eso, esta película, como pocas, sigue siendo necesaria.