La búsqueda existencial ante la obsolescencia humana

Por Mariano Sierra S.

El mundo moderno en su afán destructor está relegando al hombre a una vivencia obsoleta, a ser un fin o una mercancía que se compra y se vende llevándolo a perder su dignidad y lo más sagrado, su calidad de ser persona. En palabras de mayor calibre peyorativo es dejar al hombre por fuera de la condición humana. Así el poder del capital se muestra al mundo con sus proclamas de progreso, de defensa de los valores humanos y espirituales, como la nueva razón de desarrollo. En la medida que entendamos esta forma irracional nos opondremos con osadía y resistencia a que dicho sistema siga mostrándose como un regenerador de políticas de orden.

El mundo de los poderes vive manteniendo un estatus quo… Y con ello rompiendo reglas llevando a la sociedad a un autoritarismo, en la línea de crear una obsolescencia democrática. Bajo estas premisas es imperativo afirmar el giro de la geopolítica para construirse un nuevo orden mundial donde el hombre con su dominio busca la deshumanización mediante métodos nada ortodoxos, como rechazar toda política justa. Quienes aquí se alinean son los antis, aquellos que todo lo cuestionan, que todo lo desconocen, aquellos que imponen sus políticas de control total. El no hacer nada.

La obsolescencia humana es un derrotero para los impíos, donde éstos pierden el sentido de sus vidas. La conciencia se esparce en filosofías perdiendo su esencia racional ante una realidad apocalíptica, ante saberes sin conceptos, donde el futuro absorbe los límites de la vida. Llevándonos por unos entornos vacíos, expresiones discordantes que claman la verdad, mientras que parásitos sociales provocan amenazas. La filosofía del absurdo trata de alejar al hombre de si y de los demás. Toda filosofía convierte su realidad lucida en auroras, para escapar de los muertos vivos, donde unas oraciones encabezan un dialogo universal con un destino incierto.

La obsolescencia rauda no se detiene, va calando el sentido bajo paralelismos simbólicos, donde el mundo no puede huir, pues los países del poder esconden su cordura famélica, desviando la paz con discursos seductores. No entendemos el mundo que respalda las guerras genocidas. Lo único que se entiende de estas mentes del averno es que estamos siendo dirigidos por razones de horror cósmico aliado a una obsolescencia humana que empezó con el inicio de la colonización de la muerte, extendiéndose para dar vida al capitalismo que dio vida a la instrumentalización comunitaria con todos los medios para conseguir sus privados fines, fugaces fruto de las emociones incontrolables que bloquean todo el entorno corporal.

La filosofía impide que el hombre sucumba ante tanta ecuación anti-vida, dando protección a lo existencial, reprimiendo el nefasto poder y los juegos de tronos que cubre la geopolítica hoy dispersa al margen del hombre, divagando por el planeta haciendo trizas la paz. Este sentir filosófico valida el pensar de Tolstoi quien alude a la urgencia de atender los recursos morales y el vitalismo de los principios contra todo engaño y mentira que reviste el camuflaje de la sociedad vigente. El mundo vive la sociedad de la farsa. Siempre nos sumergimos en la inversa de las equivocaciones que repugnan de lo justo y honesto. Aforismos de engaños asoman desconociendo la rebeldía, que nadie comprende por la ignorancia, por el desconocimiento que de bulto nos hace compañía. El poder seduce alborotando la brutalidad que vegeta en la crueldad, parasitando, disertando en sus horrores cósmicos de sus miserias y de unos dioses del cinismo que esperan el momento nefasto para implantar su colapso.

El mundo de poderes le presenta a los pueblos nuevos escenarios de crisis cuyo fin es ir cosificando modelos que se enquistan en la mente humana. Los genocidios y las violencias que se cartografían se disponen a presentar al mundo cualquier proceso por más descabellado que parezca y para ello el cosmos es un escenario que no escapa máxime cuando muchos países están llevando a cabo operaciones satelitales cuyas razones y sin razones son de su exclusiva reserva.

El mundo ante el nuevo escenario de países que ya mostraron su interés de conquista plantea amenazas que supera los límites humanos hacia la obsolescencia que subyacen al panorama geopolítico y entrar a plantear realidades qué compromete al planeta o al cosmos. La exageración del pensar sin juicio se hace propio de la obnubilación de la conciencia dúctil que esta civilización cubre con su decadencia intelectual.

El asaz de los conflictos nos llegan de la fuerza del poder monstruosa que alardea la genocida actitud. El poder de los desequilibrios cuyo objetivo es la extinción de un mundo usando la mayor fuerza bélica con su complejidad tecnológica brota con el furor del horror cósmico que alguien le ha dado vida para arremeter contra la insignificante vida humana. Esta ficción, cual visión del proceso horrífico, nos llena de terror, como que el hombre hoy se desgasta incontrolable pensando y actuando contra la vida humana, contra, la   naturaleza cuando el mundo puntualiza la catástrofe de situaciones de dimensiones de miseria apocalípticas que pasan desapercibidas, como si no existieran.

La geopolítica mundial, cacaraquea en inútiles reuniones buscando inútiles consensos solo para dar una visión al mundo de su fingido quehacer de paz. Este escenario es impactante, mientras que guerras genocidas destrozan ciudades, destruyen poblaciones ante un ímpetu humano cuyo fin es como rearmarse para sostener contradicciones violentas por encima de la búsqueda de la paz. La no paz no puede ser incentivar la guerra para generar más producción de armas, negocio que es el único interés de los imperios del mal. La deshumanización base de la instrumentalización configura un cadalso socio político donde tiene sus raíces la hipocresía humana, circundada por la miseria creciente.  impuesta por ideas patógenas de mentes políticas, medios de comunicación, la cultura y todo culmen devastador.

El asaz de los conflictos del horror cuyo objeto es la extinción de un mundo a distancia invisible donde solo yace la marginalidad del desprecio matizada por dispersiones múltiples que disfrazan los objetivos criminales, es hoy una obsesión humana. La humanidad se perfila vacilante y temerosa ante el trato insignificante de quienes le desprecian como seres y como migrantes artificiales, convirtiéndolos en elementos de juego unos como ficciones y otros como realidad, en medio de inciertas partidas que vagan por laberintos sin salida, al sonido de vibrantes balaceras que zumban raudas.

Los pueblos del mundo son quienes determinan el orden constitucional como electores de sus representantes. Es el pueblo elector de sus dirigentes y por ello tienen el derecho de elegir, de exigir se les respete sus derechos. No podemos seguir permitiendo que sean los gremios económicos quienes decidan la suerte del pueblo, o que un parlamento inocuo, irrespetuoso de su misión constitucional legisle para sí y para sus jefes políticos y económicos, todo violando la constitución como representantes del país y del pueblo. Esto explica una extinción de este órgano que no cumple las funcione de la democracia.

Toda extinción sin razón de peso y contrapeso es el advenimiento de un injusto codicioso que profana, verdadera paradoja bajo fugaces dispersiones que desconocen las razones humanistas que rigen una gobernanza, máxime cuando no hay mediciones ni controles. Las dispersiones confirman las formas como se ejercen las rupturas y se llevan a cabo las jugadas para proferir las leyes, bajo hechos corruptos que superan el todo de la nada.

El pueblo, eje central del poder, está siendo instrumentalizado. Esta gran distopia, exprofeso tiene sus raíces en las obsoletas ideologías, anacrónicas, por cierto, vetustas formas de pensar la política, convertidas en politiquería atávica que va en contra de la identidad política donde se mira al pueblo como ser de un nuevo humanismo que merece ser reconocido, comprendido y entendido y en ese reconocimiento respetarle su representación.

El mundo necesita unir sus ideas de justicia social y de cambio, si queremos despojar el olor a muerte, a venganza, a codicia, el perdón no tiene sentido cuando el hombre no ha aprendido a Amar y Servir. Ser es ser más allá de lo humano. Por ello el amor no se instrumentaliza, se vive, la revolución no es una metamorfosis más, ni una ecuación metafísica, ella es una realidad de la situación social que grita dentro de cada uno lo que necesitamos para aprender a vivir.

La filosofía nos enseña diciendo que… Yo pienso en cambio que lo más bello, es lo que se ama.

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