
Por Andrew Barbosa Salamanca. exclusivo para BOGOTA ILUSTRADA.
De la masacre de las bananeras sabemos algunas cosas, que ocurrió en diciembre de 1928 en Ciénaga, Magdalena, que el Ejército abrió fuego contra los trabajadores de la United Fruit Company, y que el número de muertos nunca fue esclarecido. La historiografía ha discutido cifras, contextos y responsabilidades, mientras que la literatura transformó la matanza en un episodio central de la memoria del Caribe colombiano, cargado de resonancias místicas y narrativas que aún hoy atraviesan la identidad de la región.
Lo que casi no se ha contado es otra parte de la historia, de cómo un joven congresista, Jorge Eliécer Gaitán, logró armar el expediente que le permitió denunciar la masacre en septiembre de 1929. Sabemos de su discurso, de las frases que marcaron época, del folleto titulado El debate sobre las bananeras. Lo que ignoramos es el proceso que lo hizo posible, esto es ¿cómo consiguió cartas de párrocos y declaraciones de campesinos?, ¿qué ocurrió con los testigos que se atrevieron a hablar y luego desaparecieron?, ¿qué presiones tuvo que resistir frente al gobierno, los militares y la United Fruit Company?
Ese vacío es decisivo, pues la historia recogió el resultado, como fue el discurso en el Congreso, pero no el camino que lo precedió. Y es justamente allí donde la literatura y, hoy, la historieta pueden intervenir, no para repetir lo sabido, sino para completar la trama invisible de la denuncia, la que se tejió entre papeles frágiles, silencios impuestos y vidas en riesgo.

En septiembre de 1929, Gaitán se presentó en la Cámara de Representantes con un archivo improvisado. No era el producto de una investigación oficial ni de un proceso judicial robusto, sino un conjunto disperso de documentos, como cartas de párrocos que relataban fusilamientos, declaraciones juradas de campesinos tomadas en juzgados municipales, testimonios dictados a ruego por quienes no sabían firmar.

Entre ellos estaba la carta del padre Francisco Angarita, párroco de Aracataca, que denunciaba la orden de fusilar presos y la complicidad de militares alojados en casas de la United Fruit Company; también la declaración de Antonio Fontalvo, que narraba cómo su primo y una joven fueron asesinados por soldados en plena vía rural.
Eran documentos precarios, frágiles, fácilmente descartables. Y, sin embargo, en manos de Gaitán adquirieron otra dimensión, se transformaron en la base de una denuncia parlamentaria que le dio nombre y sentido político a la masacre.
Lo que no sabemos
Lo enigmático es que la historia nunca explicó cómo llegó Gaitán a tener esos documentos. Sabemos lo que dijo, pero no cómo logró armar el expediente. ¿Quién le entregó esas cartas? ¿Qué redes de confianza lo conectaron con testigos que desafiaban al Ejército? ¿Qué pasó con los declarantes que luego desaparecieron de los registros? ¿Cómo operó la presión de la United Fruit Company, capaz de mover embajadas y periódicos para silenciar la tragedia?

Ese desconocimiento es parte del problema, pues el archivo de Gaitán existió, pero su genealogía se perdió. No conocemos el camino, solo el resultado. Y esa zona oscura es la que convierte la denuncia en un acto doble, que fue dar voz a los muertos y, al mismo tiempo, cargar con la amenaza de que esa voz fuera sofocada.
Literatura y memoria: la tarea de completar el expediente

Frente a un archivo oficial contradictorio, como telegramas con cifras mínimas, informes ambiguos, debates inconclusos, el expediente de Gaitán fue un intento de sostener la memoria contra el silencio. Décadas después, la literatura recogió esa tarea.
En Cien años de soledad (1967), Gabriel García Márquez narró la masacre como un exterminio multitudinario, cerca de tres mil obreros fusilados y arrojados en un tren hacia el mar. La cifra es simbólica, pero la escena le dio a la matanza una dimensión mítica dentro de la memoria cultural colombiana, pues no quedó reducida a un dato de archivo, sino que se convirtió en relato compartido, en episodio que atraviesa la identidad de un pueblo. Por su parte, La casa grande (1962) de Álvaro Cepeda Samudio devolvió la masacre al presente inmediato, mostrando la tragedia desde múltiples voces, como soldados que no saben por qué disparan, mujeres que esperan a sus muertos, autoridades que eluden responsabilidades. Ambas novelas no sustituyeron el archivo, pero lo completaron, pues le dieron cuerpo a los muertos que las actas oficiales redujeron a números.
El cómic como prolongación

Hoy, casi un siglo después, la historieta puede prolongar esa misma tarea. No se trata solo de volver a contar la masacre, sino de narrar lo que nunca se dijo, como el trabajo invisible de Gaitán, los testigos que se desvanecieron, la presión de la United Fruit Company que lo atravesaba todo. El cómic tiene la capacidad de mostrar el expediente como lo que fue, una carpeta frágil, hecha de papeles sueltos y vidas en riesgo. Puede detenerse en escenas que la historia calló, retratando a un cura escribiendo con miedo, un campesino dictando su testimonio, un joven congresista revisando cartas a la luz de un quinqué mientras afuera circulan rumores de censura y amenaza.
El cómic tiene un lenguaje propio que lo distingue de la novela, su potencia visual que convierte documentos dispersos en escenas; la fragmentación en viñetas que permite mostrar simultáneamente voces y perspectivas; la elipsis gráfica que traduce los silencios de la historia en espacios en blanco; y la capacidad de superponer tiempos y memorias en una misma página. Allí donde la novela reconstruye con palabras, el cómic puede mostrar con imágenes la fragilidad del expediente, el miedo en un gesto, el vacío en una viñeta en blanco.

No es una apuesta aislada. Existen cómics que han narrado memorias de violencia con la misma seriedad que la novela: Maus de Art Spiegelman, sobre el Holocausto; Paracuellos de Carlos Giménez, sobre la Guerra Civil española; o Los surcos del azar de Paco Roca, sobre la participación de republicanos en la liberación de París. En América Latina, Los años de Allende de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta ha mostrado cómo la viñeta puede recuperar procesos políticos silenciados, y su memoria disputada.

Precisamente eso es lo que buscamos al crear el cómic noir de época El expediente perdido, que, con el trazo de mi hermano David Ricardo Barbosa, dibujante de amplia trayectoria, relata los pasos de un joven abogado enviado por Gaitán para reconstruir la masacre. El camino no ha sido fácil: el tiempo escaso, las obligaciones cotidianas y, sobre todo, la exigencia de narrar un hecho vergonzoso —un crimen atroz conocido pero impune— han hecho del proyecto una tarea lenta y, en ocasiones, agotadora. Cada escena reclama sostener el frágil equilibrio entre lo documentado y lo imaginado, entre los archivos que sobreviven y los silencios que obligan a recrear lo que quizá pudo haber ocurrido.
Es una historia de archivos clandestinos, testigos intimidados y documentos que desaparecen, que intenta narrar no solo la matanza y sus muertos, sino también el esfuerzo frágil y solitario de quien se atrevió a reunir las pruebas. En este punto resulta iluminador lo que plantea el profesor Jorge González Jácome en su artículo “Calle este-oeste y el Derecho como historia y literatura”, al afirmar que el derecho también construye relatos que se entrelazan con la historia y la literatura, y que permiten interpretar los silencios que dejan los archivos. En el caso colombiano, esa reflexión ayuda a comprender por qué fueron novelas como Cien años de soledad o La casa grande, y no los informes oficiales, las que dijeron más sobre la masacre.
De algún modo, este cómic busca prolongar esa intuición, la de recoger los silencios de los expedientes, traducirlos en imágenes y viñetas, y ofrecer una narración que, sin ser prueba ni documento, aspire a mantener viva la memoria de los muertos y del esfuerzo de quienes intentaron hablar en su nombre.

La masacre de las bananeras sigue siendo una herida abierta. La justicia nunca esclareció los hechos ni las cifras, y aunque la historiografía ha narrado el episodio, poco se ha dicho sobre el expediente de Gaitán y sobre cómo logró reunir las voces que sostuvieron su denuncia. Ese vacío es tan importante como la propia masacre, porque revela que la memoria de un país no se construye solo con lo que se dice, sino también con lo que permanece en la penumbra.

Michel-Rolph Trouillot lo advirtió con claridad en Silencing the Past (1995), al decir que toda historia se produce entre silencios, desde lo que no llega a registrarse hasta lo que se pierde en los archivos o se omite en las narrativas posteriores. La masacre condensa todos esos silencios, el de los muertos sin cifra, el de los testigos que desaparecieron, el de un expediente parlamentario cuyo origen desconocemos.
Por eso, la literatura, y ahora también el cómic, tienen sentido, porque pueden intervenir en esos silencios, completarlos o, al menos, hacerlos visibles. No se trata de sustituir la historia, sino de prolongar su ausencia, de señalar lo que falta y darle forma narrativa. Allí, en las preguntas sin respuesta, en los testimonios que se perdieron y en los silencios que se impusieron, se juega la tarea pendiente de la memoria.
Ese es precisamente el lugar que busca ocupar El expediente perdido, un contraarchivo hecho de tinta y viñetas, que recuerde no solo la masacre y sus muertos, sino también el esfuerzo de quien intentó rescatarlos del olvido.