Vivos en la sombra: el derecho a recordar de los hibakusha de Hiroshima y Nagasaki

Ruinas del Domo de la Bomba Atómica en Hiroshima, Japón, tras el bombardeo nuclear.

Por Andrew Barbosa Salamanca, especial para BOGOTÁ ILUSTRADA.

A veces, la historia no se escribe con tinta, sino con cenizas. A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, Hiroshima fue convertida en sombra. Ni ley, ni tribunal, ni advertencia. Solo una luz blanca que borró a decenas de miles de personas en segundos, y una lluvia negra que cayó después sobre los sobrevivientes. En ese instante, el derecho, ese pacto civilizatorio que prometía proteger la vida, establecer límites y hacer justicia, se desvaneció sin resistencia. Ninguna norma alcanzó a interponerse entre los cuerpos y el estallido. Lo que ocurrió no fue solo una transgresión del derecho, sino su anulación más radical, y con ella, su silencio más atroz.

Una comisaría de policía el 15 de septiembre en Shimoyanagi-cho, Hiroshima. El reloj se detuvo en el momento de la explosión de la bomba. (Imagen de Eiichi Matsumoto)

Uno pensaría que ochenta años bastarían para que el recuerdo se disuelva. Pero no para ellos. No para quienes sobrevivieron con la piel colgando de los brazos, con el cuerpo cubierto de ampollas, con la mirada atrapada en aquel mediodía de fuego. En Japón los llamaron hibakusha: los bombardeados, los que vieron el fin del mundo y quedaron vivos para recordarlo. Por eso, Hiroshima y Nagasaki siguen ardiendo. No en llamas, sino en la memoria de quienes se niegan al silencio. Porque hubo quienes sobrevivieron no para vivir, sino para contar. Y hubo quienes contaron no para vengarse, sino para impedir que los borraran por segunda vez.

En 1956, ese grupo de sobrevivientes, los hibakusha, crearon la fundación Nihon Hidankyo. Su objetivo no era reclamar indemnización, sino preservar la memoria. Asumir, como formularía años más tarde Paul Ricoeur, que “el deber de memoria es la deuda que los vivos tienen con los muertos para impedir su segunda muerte: el olvido” (La memoria, la historia, el olvido, 2000).

Huesos esparcidos en septiembre de 1945 en el patio de una escuela, a menos de un kilómetro y medio del punto cero. (imagen de Teiji Nihei).

Pero en Japón, como en muchas otras partes del mundo, recordar se convirtió en un gesto incómodo y, a veces, incluso prohibido. Los hibakusha rara vez fueron escuchados. Marcados por el estigma de supuestos efectos genéticos, apartados de la vida social e ignorados por las políticas oficiales de reparación, levantaron por sí mismos un archivo del horror. Sin leyes que los ampararan, hicieron de su voz un refugio y, en cada testimonio, una enmienda moral al fallo de la historia.

Póster del documental White Light/Black Rain: The Destruction of Hiroshima and Nagasaki (2007), dirigido por Steven Okazaki.

En 2007, el cineasta Steven Okazaki estrenó White Light/Black Rain: The Destruction of Hiroshima and Nagasaki (2007), un documental concebido como testimonio directo. Sin narrador omnisciente ni música que suavice el relato, catorce voces (catorce personas que eran niños bajo la nube nuclear) reconstruyen su memoria. Algunos vieron como la piel de su madre se derretía, otros caminaron sobre cadáveres tibios; uno recuerda haber sacado a su hermana del fuego, tirando por los cabellos.

Dibujos de los sobrevivientes que presenciaron la bomba nuclear.

Del otro lado de la cámara, aparecen cuatro exmilitares estadounidenses. Ninguno se arrepiente. Uno ríe al hablar de las pruebas atómicas. Otro explica que simplemente cumplía órdenes. Aquí, el derecho se invierte, pues los ejecutores se protegen con la legalidad, las víctimas con la memoria. Lo que para unos fue una “decisión estratégica”, para otros fue el fin del mundo. Giorgio Agamben hablaría de esto como un “estado de excepción convertido en regla”, donde la vida humana se vuelve nuda vida, es decir, sacrificable, sin consecuencias jurídicas. (Homo Sacer, 1995).

Okazaki no busca dictar juicios en su documental, pero el montaje habla por sí solo. Las voces que recuerdan desde la infancia pesan más que cualquier formulación fría o burocrática. La pregunta que emerge no es solo ética, sino también jurídica: ¿qué hacer con aquello que nunca fue reconocido por el derecho? ¿Puede hablarse de justicia o solo de memoria?

Keiji Nakazawa fue uno de los niños que sobrevivió al infierno de Hiroshima. Años después, tras la muerte de su madre, decidió narrar aquel 6 de agosto de 1945 a través del dibujo, dando forma a una obra que terminaría por convertirse en uno de los símbolos más poderosos del pacifismo japonés.

Pero no fueron solo las bombas. Fue lo que vino después: la lluvia negra, el cáncer, la marginación. En los mercados de Hiroshima, los niños huérfanos vendían lo que podían para no morirse de hambre. Uno de ellos se llamaba Keiji Nakazawa. Años más tarde, dibujó lo que no podía seguir diciendo. Su manga Hadashi no Gen (Gen de los pies descalzos), se convirtió en el gran monumento al pacifismo japonés. Lo leyeron millones y lo prohibieron algunos por ser incómodo, y demasiado real.

La escena más recordada del manga no es la explosión. Ni siquiera el desfile de zombis sin piel. Es la vida que insiste. El niño que cuida a su madre embarazada. El que sobrevive, no porque quiera, sino porque no le queda otra. El que camina sin zapatos sobre el asfalto hirviendo, porque no hay otro camino.

En 2013, la prefectura de Matsue ordenó retirar el manga de las bibliotecas escolares. Alegaron que “afectaba la imagen de las fuerzas armadas”. La memoria fue censurada, tal cual lo señaló Elizabeth Jelin al decir que “la memoria colectiva está marcada por disputas, conflictos, silencios. Toda política de la memoria es una política del presente” (Los trabajos de la memoria, 2002). Y el presente, parece, no quiere ver lo que el pasado insiste en mostrar.

Frente a ese olvido que avanza, algunos recurren a otra forma de testimonio: la palabra literaria. “La literatura es un refugio al que recurrimos cuando nos vemos obligados a afrontar contradicciones que escapan a la razón o la teoría”, escribe la novelista japonesa Yoko Ogawa. En un mundo donde los testigos directos van desapareciendo, lo escrito se convierte en barca que transporta las voces de los muertos hacia la siguiente orilla.

Obras como Flores de verano de Tamiki Hara o Lluvia negra de Masuji Ibuse no solo documentan, sino que permiten que el horror sea imaginado sin banalizarse y sentido sin necesidad de haberlo vivido. En esas páginas, el lenguaje resiste a la aniquilación, y las sombras de Hiroshima y Nagasaki se vuelven legibles para nuevas generaciones. Porque si ya no podemos escuchar a los hibakusha, aún podemos leerlos. Y si podemos leerlos, aún podemos recordarlos.

¿Y el derecho?

El destello de la bomba dejó la silueta de una escalera y una persona en una casa de Nagasaki (Eiichi Matsumoto/The Asahi Shimbun, via Getty Images).

El derecho, cuando calla, legitima; pero cuando narra, transforma. Ya no puede evitar que las bombas hayan caído sobre Hiroshima y Nagasaki, tampoco castigar a sus responsables, pero sí puede impedir que algo así se repita. No puede devolver la vida, pero puede nombrar la pérdida. Jacques Derrida lo expresó con claridad: “la justicia no es una institución, sino una promesa: una exigencia infinita de hospitalidad hacia el otro, incluso el que ya no está” (Fuerza de ley, 1994).

A veces me pregunto por qué nadie se atrevió a llevar a juicio este hecho atroz. Es obvio que sería inútil, ningún tribunal del siglo XX podría resistirse a la presión política de sus responsables. Pero incluso, con esa certeza, habría valido la pena intentarlo. Se habría dejado un rastro, un precedente, una señal mínima de desobediencia capaz de quebrar el pacto de silencio e impunidad que el derecho firmó con la historia.

Al otorgar el Nobel de Paz a la organización japonesa Nihon Hidankyo, el Comité Nobel señaló: “Los hibakusha nos ayudan a describir lo indescriptible, a pensar lo impensable y, de alguna manera, a comprender el dolor y el sufrimiento incomprensibles causados por las armas nucleares”.

En 2024, la fundación Nihon Hidankyo recibió el Premio Nobel de la Paz. Fue un gesto político, pero también jurídico, si se lo mira con ojos de justicia simbólica. Como señala la jurista Martha Minow: “recordar es una forma de reparación, porque convierte a las víctimas en narradoras, no en objetos de estudio” (Between Vengeance and Forgiveness, 1998).

Hoy, Hiroshima y Nagasaki siguen vivas. No porque hayan sobrevivido al bombardeo, sino porque han sobrevivido al olvido. Hay trenes, hay turistas, incluso las nuevas generaciones ignoran que, bajo sus pasos, yace una ciudad que ardió en silencio. Pero también hay abuelos que cuentan, archivos que insisten, mangas que enseñan y documentales que interpelan. Y un derecho que, si quiere tener futuro, deberá aprender a escuchar y castigar antes de que el silencio sea definitivo.