
Por Andrew Barbosa Salamanca, exclusivo para BOGOTA ILUSTRADA.
Hace un tiempo, un amigo escritor me lanzó una pregunta que, lejos de ser una provocación, me dejó pensando con una mezcla de incomodidad y lucidez: ¿por qué, en un país con tantos abogados, no se escriben thrillers legales? No lo decía con ironía. Lo preguntaba desde la extrañeza genuina. Colombia cuenta con más de 196 programas de pregrado en Derecho, decenas de miles de abogados egresan cada año, y las noticias giran a diario en torno a fallos judiciales, investigaciones penales, decisiones de constitucionalidad, disputas civiles y comerciales, tutelas, y procesos disciplinarios. El país vive y respira derecho. Y sin embargo, no lo escribe.
No lo escribe en forma de ficción, al menos. No hay tradición, casi no hay ejemplos, y lo más cercano al género son las recreaciones judiciales de los noticieros o las versiones dramatizadas que construyen los despachos de prensa. El thriller legal, ese género literario que ha hecho del abogado un personaje tan fascinante como ambiguo, no ha echado raíces entre nosotros. Y eso, lejos de ser un detalle, es un síntoma de cómo hemos relegado el derecho a un lenguaje de autoridad, no de imaginación.
Y, sin embargo, fuera de nuestras fronteras, el thriller legal (o legal thriller) no solo existe, sino florece. Se trata de una categoría narrativa consolidada dentro de la literatura contemporánea, que es a su vez una variante del thriller o novela de suspenso, cuyo eje dramático gira en torno a un conflicto jurídico. Puede desarrollarse en una corte penal, en un bufete corporativo, en una investigación sobre corrupción, en un caso de derechos civiles o incluso en procesos administrativos. Sus protagonistas suelen ser abogados, fiscales, jueces, periodistas judiciales o incluso víctimas, y su trama combina el suspenso con los dilemas morales, éticos y sociales que atraviesan el mundo del derecho.
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El thriller legal no es solo una novela de abogados. Es una forma de explorar las tensiones entre ley y justicia, entre procedimiento y verdad, entre poder institucional y humanidad. Suele haber crímenes, investigaciones, juicios, argumentos jurídicos, pero lo que sostiene el relato es otra cosa: el conflicto humano dentro del marco legal. El mejor ejemplo, y el más citado, sigue siendo Matar a un ruiseñor (1960), de Harper Lee. Pero también figuran decenas de obras de autores como John Grisham, Michael Connelly, Paul Goldstein o Deborah Johnson, cuyas novelas se desarrollan en escenarios donde el derecho no es solo técnica, sino también campo de batalla ético y político.
Ahora bien, ¿qué convierte a una historia jurídica en un thriller legal en sentido pleno? Varios autores coinciden en que existen ciertos elementos estructurales comunes en los grandes thrillers jurídicos. K.A. Perry, escritora y analista del género, identifica seis características que suelen entrelazarse en las obras más memorables:
- Un protagonista íntegro o carismático: no siempre es un héroe sin fisuras, pero sí alguien por quien sentimos respeto o empatía. Puede ser un defensor público, un abogado corporativo, un fiscal, o incluso alguien que actúa al margen del sistema, pero que persigue alguna forma de verdad o justicia.
- Nebulosidad narrativa y moral: la ambigüedad es fundamental. No en el sentido de confundir, sino de provocar incertidumbre. Un buen thriller jurídico siembra dudas, muestra zonas grises, plantea dilemas éticos reales. No todo es blanco o negro, y esa ambigüedad moral atrapa al lector.
- Un giro jurídico decisivo: a diferencia de otros géneros, en el thriller legal el giro argumental muchas veces se basa en un detalle jurídico, como una prueba inadmisible, un tecnicismo procesal, una omisión estratégica, una cláusula contractual olvidada. El suspenso no proviene solo de lo criminal, sino del derecho como campo de estrategia.
- Aumento del suspenso y aceleración del ritmo: como todo buen thriller, la tensión crece. A medida que la historia avanza, el protagonista arriesga más, las consecuencias se vuelven más graves, y el relato acelera su paso. Chantaje, corrupción, amenazas, presión mediática: todo contribuye a elevar la urgencia narrativa.
- La justicia como horizonte narrativo: aunque no siempre se alcanza, el lector sigue la historia esperando alguna forma de justicia, legal o simbólica. El thriller legal funciona, en parte, como una exploración sobre qué significa “hacer justicia” en contextos reales, con sistemas imperfectos y límites morales difusos.
- Un final potente, con resolución: el cierre no tiene que ser feliz, pero sí debe ser memorable. A veces, lo que se premia es la astucia del abogado. Otras veces, la dignidad de quien pierde. Pero siempre hay una sensación de conclusión, de lección, de sentido.
Estos elementos no son una fórmula mágica. Pero cuando se combinan con solidez narrativa, pueden dar lugar a novelas que no solo entretienen, sino que permiten pensar críticamente el derecho, sus instituciones, sus contradicciones. El thriller legal es, en ese sentido, una forma de literatura política, pues se trata de una narrativa sobre el poder, el sistema, sus fallas y sus márgenes de redención.
Y ahí vuelve la pregunta inicial, más viva que nunca: ¿por qué no se escribe esto en Colombia? ¿Qué nos impide convertir nuestras audiencias en literatura, nuestros procesos en relatos, nuestros expedientes en ficciones éticamente incómodas?
El thriller legal: cuando el abogado también narra
En otras latitudes, el thriller legal tiene historia, lectores, autores consagrados e incluso premios. En Estados Unidos, el género alcanzó su consolidación definitiva con la publicación de Matar a un ruiseñor (1960), de Harper Lee, una obra que desbordó los márgenes del derecho y se convirtió en ícono cultural. En ella, Atticus Finch, un abogado que defiende a un hombre negro falsamente acusado de violación en el sur segregado, encarna no solo los dilemas del abogado ante la injusticia, sino también la figura del defensor ético frente al poder arbitrario.

La novela ganó el Pulitzer y fue adaptada al cine en 1962. Pero más importante aún, fue haber fundado una genealogía narrativa en la que el derecho puede contarse desde la complejidad humana. Lee, que estudió derecho antes de abandonarlo por la escritura, no necesitó ser una jurista famosa para comprender que los juicios también son dramas morales, que la sala de audiencias es un teatro de tensiones sociales, y que el expediente puede ser una gran novela, si se sabe leer.
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Décadas después, en homenaje a ese legado, se creó el Premio Harper Lee de Ficción Jurídica, patrocinado por la Facultad de Derecho de la Universidad de Alabama y el ABA Journal. El galardón se otorgaba anualmente a novelas que ilustraran de forma poderosa el papel de los abogados en la sociedad y su capacidad para producir cambio. Lo ganaron autores como John Grisham (La confesión, Sycamore Row), Michael Connelly (El quinto testigo), Paul Goldstein (Réquiem de La Habana) y Deborah Johnson (El secreto de la magia). Escritores que, como Grisham y Goldstein, en su momento, no renunciaron a la práctica jurídica, sino que la integraron a su universo narrativo.
El derecho como conflicto humano

¿Qué tienen en común estas novelas? Que todas entienden el derecho como materia viva, no como simple reglamento. En La confesión, Grisham recrea la angustia de un abogado que intenta evitar la ejecución de un inocente en Texas. En Réquiem de La Habana, Goldstein convierte una disputa por derechos de autor en una intriga transnacional sobre memoria cultural, censura y corrupción. En El secreto de la magia, Johnson reconstruye una historia basada en hechos reales, como el crimen de un veterano afroamericano, a través de una joven abogada que se enfrenta al racismo judicial del sur de Estados Unidos. En El quinto testigo, Connelly muestra cómo un juicio por homicidio está conectado con la crisis de las ejecuciones hipotecarias y el colapso económico.

No se trata de abogados idealizados. Al contrario, muchos de los protagonistas son cínicos, ambiguos, cargados de dudas. Son profesionales que se debaten entre el deber, el miedo, la estrategia, el desencanto. Pero todos comparten una cualidad, pues son narrables. Sus historias no son simplemente legales; son humanas, políticas, éticas. El derecho aparece aquí no como un sistema cerrado, sino como campo de batalla.
El silencio colombiano
Entonces, ¿por qué no tenemos nada de eso en Colombia? La pregunta, incómoda, no admite una única respuesta, pero podemos explorar algunas pistas.
- La tradición santanderista

En nuestro país, la cultura jurídica ha estado profundamente marcada por una visión legalista, textualista, normativa. “Las leyes se obedecen”, decía Santander, y lo decía con convicción. Esta herencia nos dejó un culto a la literalidad, a la escritura técnica, al expediente como único medio legítimo de expresión jurídica. La escritura creativa, en cambio, es vista con sospecha, ociosa, inexacta, contaminante. El abogado colombiano escribe demandas, memoriales, redacta tutelas, contratos, conceptos, no ficciones; formula alegatos, no tramas.
En ese marco, la escritura jurídica se convierte en un ejercicio de sumisión a la norma, que debe ser impersonal, precisa, redundante, despojada de subjetividad. Todo lo que se aparta de ese modelo, como la imaginación, la metáfora, la duda, la ambigüedad, se considera sospechoso. La escritura creativa no solo se percibe como ajena, sino como contaminante. Y así, el lenguaje jurídico se clausura sobre sí mismo. La ley se convierte en un código muerto que se reproduce en el aula y en la sala de audiencias, pero que rara vez se piensa como relato, como conflicto humano, como posibilidad narrativa. Esa tradición inhibe la emergencia del abogado como escritor de ficciones, y mucho más como autor de thrillers legales.
- La formación universitaria tecnocracia y desconfianza en la imaginación
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En nuestras facultades de derecho no se enseña a narrar. Se enseña a argumentar jurídicamente, a citar normas y jurisprudencia, a redactar textos procesales, a escribir en tercera persona y con fórmulas rituales. El estudiante de derecho aprende a replicar formatos, no a contar historias. Aprende a sostener tesis, no a construir mundos.
La imaginación, entendida como capacidad para crear, para explorar posibilidades, para fabular con base en la realidad, es vista con desconfianza. Se privilegia la lógica deductiva, el silogismo, la claridad conceptual. Pero no se enseña la complejidad del conflicto humano, la ambigüedad moral, la dimensión emocional del derecho. Como señala Jorge González Jácome, las facultades en Colombia han privilegiado históricamente “el entrenamiento técnico sobre la formación crítica o ética del abogado”. La creatividad es casi un vicio. En ese contexto, ¿cómo puede el abogado transformar su experiencia jurídica en literatura?

No es casual que muchos de los escritores de thrillers legales más reconocidos en el mundo hayan tenido una formación interdisciplinar. Harper Lee estudió derecho, pero también literatura. Paul Goldstein es profesor de derecho y novelista a la vez. John Grisham estudió contabilidad y luego derecho, pero siempre fue lector voraz. Esa doble pertenencia, la del abogado que también piensa como narrador, es clave. En Colombia, por el contrario, el mundo del derecho y el mundo de las letras se han construido como esferas opuestas. Como señala James Boyd White, uno de los teóricos más influyentes en la relación entre derecho y literatura, “en la facultad se aprende a escribir como juez, no como ser humano”.
- El temor profesional: la autocensura como norma tácita

En una profesión tan jerarquizada como la nuestra, escribir ficción desde el derecho puede verse como una traición. ¿Qué pasa si en una novela se insinúa una práctica corrupta, una sentencia injusta, un juicio manipulado? ¿Qué pasa si el autor es, además, juez, litigante, servidor público o profesor universitario? El temor al escrutinio, a la sanción simbólica, al señalamiento institucional, al escarnio corporativo, actúa como un freno silencioso.
La autocensura no necesita ser explícita. Opera como una norma tácita: “mejor no escribir sobre eso”, “mejor no nombrar ese caso”, “mejor no figurar demasiado”. En una profesión donde la reputación es capital simbólico, cualquier forma de exposición puede convertirse en vulnerabilidad. Por eso, incluso quienes podrían tener el talento y la experiencia para escribir, optan por el silencio o por la escritura técnica como única forma legítima de expresión.
Como advierte Thomas Giddens, “la ficción jurídica no se limita por su falta de historias, sino por los límites que los abogados han internalizado sobre lo que puede o no contarse”. Y Robert Cover, en su célebre texto Nomos and Narrative, recuerda que toda narrativa legal está también atravesada por conflictos de autoridad, pues “narrar el derecho es también confrontarlo”.
Y, sin embargo, ¿no es precisamente ese silencio el que da más fuerza a las buenas ficciones legales? Los grandes thrillers legales no surgen en contextos de transparencia, sino en escenarios de opacidad, de arbitrariedad, de duda institucional. Narrar el derecho es también una forma de confrontarlo.

- El desinterés editorial: una industria ciega a lo jurídico como literatura de ficción
A esto se suma un factor de mercado. Las editoriales colombianas, salvo contadas excepciones, no han cultivado un interés por la narrativa jurídica. El derecho no se percibe como un terreno narrativo fértil, sino como materia árida, técnica, ajena al gusto del lector común. El thriller legal, salvo por traducciones de best sellers estadounidenses, es casi inexistente en el catálogo local.
Los manuscritos que abordan temas jurídicos suelen ser descartados por “muy técnicos”, “muy locales” o “demasiado especializados”. No hay una interlocución editorial que permita reconocer el potencial literario del conflicto legal. Peor aún, no hay una tradición crítica que valore ese tipo de narrativa ni una comunidad lectora que la espere. Así, el vacío se perpetúa, pues no hay oferta porque no hay demanda, y no hay demanda porque nunca ha habido una oferta sostenida.
Pero lo jurídico no es ajeno al interés público. ¿Qué más universal, y más colombiano, que una historia sobre justicia, impunidad, corrupción, verdad, ley? El problema no es la materia. El problema es el prejuicio editorial que impide verla como literatura.
- El divorcio entre derecho y cultura en el espacio público
En Colombia, el derecho se ha institucionalizado como un saber cerrado, ajeno a los debates culturales más amplios. A diferencia de otros países donde las grandes discusiones jurídicas se convierten en novelas, películas o series que alimentan la esfera pública (pensemos en 12 Angry Men o Making a Murderer), aquí el derecho raramente circula como tema narrativo o estético. Las decisiones de la Corte Constitucional, la Corte Suprema o de la JEP, por ejemplo, rara vez son traducidas a narrativas comprensibles y emocionalmente significativas para el gran público.
Como señala José Calvo González, cuando el derecho “abandona el campo de la cultura, deja de ser imaginado como posibilidad y se convierte en puro control”. Esta desconexión impide que se construya una mirada cultural del derecho. El thriller legal requiere que la sociedad perciba lo jurídico como parte de su drama colectivo. Sin ese puente, el abogado permanece encerrado en el expediente, y la literatura permanece al margen de lo procesal. No hay intersección entre ambos lenguajes. La ficción no toca el derecho porque el derecho no se deja narrar.
6. La hiperinflación del derecho como lenguaje de poder

En Colombia, el derecho se ha convertido en la lengua de lo oficial, lo autorizado, lo válido. Todo conflicto, desde un reclamo por salud hasta una guerra por tierras, termina siendo traducido al lenguaje jurídico. Esta “judicialización estructural” de la vida social tiene un efecto paradójico: en lugar de acercar el derecho a la experiencia, lo despoja de su dimensión vivida. Lo convierte en una forma de autoridad, no de comprensión.
En ese contexto, escribir sobre el derecho en clave literaria puede parecer inútil o incluso subversivo. ¿Para qué narrar el conflicto si ya está judicializado? ¿Para qué construir ficción si ya hay una demanda? El derecho, como aparato, reemplaza al relato. Y esa sustitución borra el espacio para el thriller legal como género, pues si todo debe resolverse con tutela, ¿quién va a contar la historia detrás del expediente?
- El centralismo narrativo: la Bogotá legal y la ausencia de periferias jurídicas

Otra causa estructural tiene que ver con la concentración geográfica, simbólica y editorial del campo jurídico colombiano. El imaginario del derecho, así como sus instituciones, está fuertemente centralizado en Bogotá. La Corte, la academia, las editoriales, los referentes profesionales se ubican en la capital, mientras que las regiones, donde el derecho adquiere formas más híbridas, informales o conflictivas, son silenciadas o ignoradas.
Como lo ha señalado Julieta Lemaitre, el derecho colombiano es también “una práctica profundamente desigual, donde la legalidad en las regiones suele ser fragmentada, ambigua o directamente negada”. Pero el thriller legal no nace en las oficinas del centro de poder. Nace en las tensiones entre legalidad y violencia, entre ley y realidad, entre norma y territorio. ¿Dónde están las historias sobre jueces amenazados en el Cauca? ¿Sobre fiscales perseguidos en Antioquia? ¿Sobre campesinos litigando con títulos falsos en los Llanos? El thriller legal colombiano que falta es también el que no ha narrado las periferias del derecho.
- El exceso de realidad: cuando el horror jurídico supera a la ficción

Algo no menos importante y que se convierte en una dimensión casi trágica: en Colombia, la realidad jurídica ha sido tan brutal, tan excesiva, tan marcada por impunidad, burocracia o violencia, que a veces escribir ficción sobre el derecho parece innecesario o imposible. La Corte Constitucional ha tenido que declarar el estado de cosas inconstitucionales en múltiples temas (cárceles, salud, desplazamiento, corrupción). La JEP procesa crímenes atroces. El Consejo de Estado anula elecciones contaminadas de irregularidades. Y todo eso convive, a diario, con el olvido.
Como recordaba Alfredo Molano Bravo, muchas veces “el expediente se vuelve un escenario de horror, no de racionalidad”. Entonces ¿Cómo narrar lo jurídico cuando la realidad ya parece inverosímil? Tal vez por eso, narrar desde el derecho en Colombia no es solo una posibilidad literaria: es una urgencia ética.
La paradoja del país judicializado

Pero aquí está la paradoja más hiriente. Colombia es un país judicializado hasta el exceso. Todo se lleva a juicio desde una reclamación pensional, hasta la restitución de tierras, desde una cuota alimentaria hasta una elección presidencial, todo pasa por el tamiz del derecho. El Estado, muchas veces, solo actúa si se le ordena por sentencia. Y el abogado, lejos de ser un técnico marginal, es un operador central del poder.
Y, sin embargo, esa densidad jurídica, rica, contradictoria, dramática, no se transforma en literatura. No contamos nuestros juicios, ni nuestras injusticias, ni nuestras audiencias eternas, ni nuestros expedientes polvorientos. No exploramos el alma de nuestros jueces, ni los miedos de nuestros litigantes, ni los desvelos de nuestros fiscales. No convertimos en relato la tensión entre ley y realidad. No construimos ficción a partir de lo jurídico. Y eso, más que una omisión estética, es una carencia cultural.
Un género por construir
El thriller legal colombiano aún no existe, pero podría. No necesita copiar el modelo norteamericano. No hace falta un Grisham criollo. Lo que hace falta es una narrativa propia, que hable desde nuestros conflictos, como la inoperancia judicial, los procesos sin fin, las trampas procedimentales, la tutela como última esperanza, la corrupción institucional, la violencia estructural, el acceso desigual a la justicia, el nombramiento a puerta cerrada de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Las historias están ahí. Imaginemos, por ejemplo, una novela sobre un caso de restitución de tierras truncado por intereses políticos. O una historia donde una mujer rural lleva diez años esperando una sentencia de pertenencia. O el drama de una defensora pública desbordada por el sistema penal. O el retrato de un abogado corrupto que termina creyendo en la causa que quiso manipular. Basta con oír hablar a un juez rural, a un campesino litigante, a una víctima del sistema.
El conflicto jurídico no es abstracto, es humano, urgente, desgarrador. Lo que falta es dar el salto. Convertir lo vivido en literatura. Lo judicial en narración. Lo normativo en pregunta ética. Lo procesal en relato emocional.
La voz que falta
Quizás lo que más nos hace falta es eso que Harper Lee logró con una sola novela: darle una voz humana al abogado. Hacer que el derecho respire. Que las sentencias hablen en primera persona. Que el expediente no sea un muro, sino una puerta. Que el derecho no sea solo norma, sino también memoria, cuerpo, duda, herida, deseo de justicia.
Como advirtió James Boyd White, “en la facultad se aprende a escribir como juez, no como ser humano”. Tal vez por eso cuesta tanto narrar desde el derecho. Pero es precisamente allí, en esa frontera entre la norma y la experiencia, donde podría surgir una literatura capaz de incomodar, de conmover, de hacer justicia por otros medios. Una literatura que no absuelve ni condena, pero que interroga. Y que escribe, al fin, lo que el expediente calla.
Escribir desde el derecho no es traicionar la profesión. Es ampliarla. Es decir lo que no cabe en el fallo. Es recordar que el expediente también puede doler, también puede mentir, también puede soñar. El thriller legal no es solo un género, es una manera de pensar la justicia en voz alta, de imaginar finales distintos, de hacer visible lo que el procedimiento quiere ocultar.
Ojalá, algún día, cuando alguien vuelva a hacerse la misma pregunta, ¿por qué no se escriben thrillers legales en Colombia?, la respuesta no sea el silencio. Sino un anaquel lleno de novelas. De abogados que también se atrevieron a narrar.